En las despedidas se encuentra uno con la razón de ser; de no ser importantes jamás nos despediríamos, o jamás tendríamos despedidas, o a quien despedir. Un pequeño hormigueo avisa de que ya es la hora de no encontrarnos por nunca jamás. Pues mejor aún, además observo que no lees mis cartas con la intensidad que se merecen. Siempre me ha gustado jugar, y ahora que tú juegues conmigo me cuesta una barbaridad. Aquel que se fue sin despedir no tenía motivos para hacerlo, siempre tenía motivos para estar con aquellos que amó. Por suerte o por desgracia él estará viendo tus éxitos, numerosos, te lo digo yo; y tus fracasos. De esos se preocupa muchísimo menos, porque sabes que ésos son pasos necesarios en esta vida, pero los éxitos son pasos que uno da voluntariamente buscando más fracasos. Ésos los valorará más. Me lo dice a mí, me dice que tengo que permanecer a tu lado, para que los dos aprendamos con dureza lo bella que es la vida.
Dar por sentado que el hecho científico de que tú y yo sepamos el uno del otro física y moralmente me enorgullece mucho. No haría este tipo de proyectos con otro que no comprendiese mejor mi propia alma-espíritu. Lejos de mi andén están los temas llamados delicados, nos sobrecogen, nos hacen madurar y llorar. Reír es poco, pero sí se nos liberan endorfinas que causan que los músculos a ambos lados de tu boca se muevan. No. No eches la cabeza hacia atrás, como sueles hacer cuando no te crees algo, cerrando los ojos pensando que vivo obsesionado con mi rigor mortis peculiar. No creas que algún día voy a olvidar todas las miradas de todos los médicos-verduleros intentando buscarle resultados al extraño movimiento de mi media cara, dejando irreversible la otra del todo. Miles de voltios harán que vuelva a estar como antes, pero como bien dices, cuando alguien se va vuelve otro vistiendo su cuerpo, por lo que nos ha ocurrido y por todo lo que hemos pensado mientras ese tiempo transcurrió.
Un dolor agudo es lo que siento cuando tengo que agitar la mano para decir adiós. Mano que atrofia los dedos que no se sacuden en la niebla mañanera, y no porque rime, también altanera. Una despedida en el mes de las hojas rojas. El mes más bello, el mes de más vello; ambos sabemos que las féminas con tanto pantalón en invierno no se molestan en quitarse los bellos cabellos. El Romanticismo ha muerto con las novelas de las zorras oportunistas quiosqueras. Y tú hacia un lado, sin querértelo creer, y yo de pié agitando el brazo hasta que el revisor lo llamó para que vinieran a buscarme. Sal de ahí no andes solo que el silencio de la noche levanta suelos y deja escapar sombras que suenan a muerte que silban órganos de iglesias viejos que zozobran (esta es sonora) sin querer solventar la apariencia de espectros y buscar sus lados positivos desde el punto de vista de una mosca en el dedo inerte de un sobrio transeúnte que siembra dolor como un segador con cada movimiento de su mano. Ambos están presentes, la mano ejecutora y la guadaña de la muerte, para dejar sitio a las nuevas simientes, para desplazar las viejas a un perfecto rollo de heno que después será usado en cualquier lugar para que las flechas no se claven o escapen lejos de la diana preparada por la señora depiladora que ahora ha buscado trabajo de Robin Hood woman porque durante el invierno el cabello no se corta. Todo desde el pedestal de la estación; un gran reloj diurno y nocturno, nocturno y diurno no se puede controlar y no puede controlar el impulso de adelantarse para que yo que llevo días agitando la mano crea que sólo han pasado dos minutos. No me quedaré viendo como mi me despedida se convierte en una tragedia y ni siquiera esperé a que arrancasen los motores porque no vi necesaria una despedida. Porque siempre te veía cada vez que quería y te veré como yo quiera y no como tu creas que te tengo que ver después de haber alimentado el depósito del tren con el dinero de tu billete, y haber alimentado el billete con la tinta de la maldita impresora que obviamente no hubiese hecho nada si no hubiese habido nadie en la taquilla para vendértelo; tampoco te hubieses ido si las cosas cantasen de otra manera y tampoco te hubieran traicionado en el momento antes de decidir que tú sólo tenías que embarcarte en un viaje bien sabido de penas y glorias. Pero el iba a estar orgulloso de eso, no lo dudo. Te detesto a ti por hacer que mi cara se retuerza, te detesto por hacerme hablar de despedidas y te detesto por decirme que preferías otras cosas, en vez de escribirme una contra respuesta literaria, porque todo lo que sale de mi impronta pluma lleva mi sello, y todo lo que es mío es único, incluso tú.
Te odio por llenar mis oídos de basura cochambrosa por no hacer de mí un ente tolerante, por no querer cambiar al otro que en realidad está bien, por no decirme las cosas antes de haberte ido. Y por haberte conocido sólo puedo decir que jamás hubiese sido tan feliz sin tu presencia que lee estas cartas escritas sólo por ti.

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